<<Sentí partes del cuerpo que no
sabía de tener>> dice Tania el jueves pasado al finalizar su primera
práctica. Su sensación nos muestra la sorpresa que nos podemos llevar cuando
decidimos acercarnos a la tradición milenaria del yoga. Lo primero es sentir el
cuerpo, tomar contacto con él y con la respiración: nuestro centro silencioso.
Pasamos días, años y a veces una vida
entera sin darle al cuerpo el cuidado y la reverencia que merece. Lo cansamos,
lo exigimos y sobre todo no lo escuchamos. La práctica de yoga nos propone
la experiencia profunda y consciente de unión con todas las partes de nuestro
ser. Nos conduce por senderos del alma todavía inexplorados. Nos calma, nos
energiza, nos alimenta en lo más profundo.
Lo importante es estar dispuesto/as a
“detenernos”, parar, dejar de hacer, calmar los pensamientos, ocuparnos de lo
que somos y sentimos: en cada momento y en cada movimiento, en el silencio y en
la quietud. Para hacerlo precisamos encontrarnos con nuestra sencillez,
precisamos confiar, abrirnos al misterio y a la sorpresa de lo que la práctica
nos proporcione. Entonces aceptemos el desafío de detenernos!
Estar en el momento presente, sentir el
cuerpo, abrazar el alma: por completo: ¡eso es yoga!
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