Entonces nos detuvimos y nos dispusimos en
la actitud de respetar nuestros propios tiempos, esperarnos, tener confianza. Y
aún así algo más falta para estar en yoga. Ahora es cuando precisamos
desapegarnos.
Para lograr la comunión con nuestro ser,
se nos pide que nos desapeguemos. De los pensamientos con los cuales llegamos a
la práctica, de las dificultades con las cuales nos encontramos en las asanas,
del impulso a algún ideal de perfección, del rechazo frente a la repetición de
movimientos siempre iguales, de la observación del otro, del juicio hacia las
limitaciones que el cuerpo me pone.
Si aceptamos estos desafíos entonces
estamos comenzando a asumir el hábito de la práctica. Y cuando acontece que
comenzamos a modificar nuestra actitud hacia el cuerpo y su manera de estar en
las asanas, ahí es cuando la práctica se nos vuelve realmente maestra; porque
en la medida en que aprendo a desapegarme de pequeñas cosas, luego comienzo a
sentir el placer y la posibilidad que el desapego me ofrece en todo ámbito de
la vida.
El desapego no es aceptación pasiva o
resignación: es recibir la realidad tal y como es; asumir lo que no podemos
cambiar, en nosotros y en los demás.
Esta semana no es una frase en la práctica
que me lleva a visualizar la importancia del desapego: es más bien mi propia
experiencia. Dolorosa cuando me entero que me vuelve a pasar. Dichosa cuando
logro abrir la mano y dejar partir. Cuando dirijo la práctica suelo invitar a
que lo/as practicantes visualicen sus manos. ¡Cuantas veces las tenemos apretadas
y nos aferramos a nuestro ego, que nos dice que las cosas deben ir de una
manera determinada!
Dejemos entonces que la práctica nos sea
maestra en todo momento. ¡Aprender a desapegarnos nos hace libres!
Commenti
Posta un commento