Hay heridas que no alcanza una vida entera para
sanarlas. Sólo podemos aprender a “sobrellevarlas”. Y el yoga en eso es
maestro.
Cuando practicamos (ya sea en los ejercicios corporales que en la meditación), estamos cultivando – día tras día – nuestra observación desapegada.
Los dolores, los pensamientos agitados, las dificultades, aprendimos a mirarlos desde lejos. O más bien “desaprendemos” a fijarnos obsesivamente y con sufrimiento en ellos. Volvemos a nuestra esencia más luminosa, sin por eso pretender que las sombras desaparezcan.
Nos vaciamos todo el tiempo para ser llenados. Deconstruimos una forma de vivir y de sentir que no nos hace bien, para comenzar a ser "libres de ser".
En eso está lo que el yoga nos propone: practicar con constancia y firmeza, y con la confianza de que, a medida que cambia nuestra mirada hacia la vida, cambia la vida misma. Abrirnos a la luz del sol como una pequeña flor de loto, sin perder la conexión con la oscuridad y las impuridades que habitan el fondo del agua.
(Imagen: "Ser un pequeño loto", pintura de Amy Tanathorn)

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