¿Ser o hacer?



¿Somos lo que somos? ¿O somos lo que hacemos? Y: ¿qué es el “ser” sin el “hacer”? ¿El picaflor sería picaflor sin su rápido aleteo? ¿Podríamos reconocerlo desde lejos sólo por sus colores, pico o plumas? 

Durante vidas enteras sucede que construimos nuestras identidades sobre lo que hacemos, hasta identificarnos con ello y nos ser nada más que un rol social o profesional o familiar. Muchas veces quedamos atrapados en vidas que no deseamos, que se transforman en verdaderos laberintos sin salida. Y cuando decidimos abrir las puertas no termina ahí; inicia en cambio un camino marcado tanto por momentos de alegría y paz, como de sufrimiento y oscuridad. En ambos estados aprenderemos a vivir. 

Estas semanas de invierno muy húmedo me han recordado fuertemente que pasa cuando dejamos de hacer, o simplemente hacemos menos o con menor intensidad. Para mi cuerpo de siciliana han sido días crueles. Pero más que el frío me ha afectado la dificultad de bajar mi acelerador interior, aceptando los tiempos que este ciclo de la naturaleza me propone.

Son días que me muevo menos, que el cuerpo me pide más descanso, que debería saber decir más seguido “no puedo”, que debería comer mucho menos y mejor. Son días en que me toca aceptar de no tener ganas de hacer desde el cuerpo, mientras mi mente quisiera seguir manteniendo su “cronograma” establecido. Es así que nos construimos y es eso lo que nos toca deconstruir. 

Dejar de hacer nos lleva indudablemente más cerca de nosotros mismos. Y esta cercanía nos interpela, invitando a sostenernos sin los auxilios externos de títulos, cargos o muletas de cualquier tipo. Ahí es cuando estamos más cerca de las heridas, de los dolores, de lo que no podemos lograr, de lo que extrañamos: de nuestro ego finalmente. Ahí es cuando nos enteramos cuantas veces hemos elegido hacer en lugar que ser. Y reafirmamos la decisión tomadas cuando hemos elegido comenzar a “ser”, simplemente “ser”. 

La práctica de yoga nos invita permanentemente a no escaparnos de nosotros mismos. Nos ofrece un espacio sin tiempo, sin metas, sin objetivos, aceptando la sencillez del aquí y ahora. Nos invita a visualizar las ilusiones, las falsas imágenes y también las falsas creencias que nos llevan al sufrimiento. 

En yoga estamos con nuestro cuerpo y toda su historia. Con nuestra alma y todas sus vibraciones. Con la mente, sus emociones y pensamientos. Volvemos a casa para encontrarnos a nosotros mismos y darnos cuenta que estamos unidos con el universo. Pero para que este camino se haga conciencia y bienestar, debemos aceptar de ser lo que somos y de soltar lo que se espera de nosotros: lo cual a veces quiere decir soltar ilusiones e ideales de vida (o vidas ideales, que es lo mismo). Y por encima de todo, debemos amarnos y amar de manera incondicional. 

Desde hace 8 años la práctica de yoga marca el camino del amor hacia mi y el universo del cual soy parte. Y en los momentos cuando vuelve a aparecer el sufrimiento, el yoga es el territorio en el cual me retiro para cultivar calma, firmeza, concentración y equilibrio. Y para recordarle a mi misma que el picaflor es un picaflor siempre, aunque sus alas estén descansando o no se pueden mover. Es sencillo, no? Pero lo sencillo es lo que más cuesta. ¿Están de acuerdo? ¿Les resuena?

¡OM Shanti, Paz!

Commenti