“Comparte tu práctica”: fu una consigna que se ancló en lo más
profundo de mi durante el año del instructorado en Ananda (2012).
Todavía no tenía claro en que se sustanciaría ese mandato.
En
los años 2013 y 2014 estuve apoyando la práctica de Martín (mi profesor y
maestro, fundador de “Ananda, Casa de Yoga y Meditación”) en horarios
de la mañana, así como en encuentros de meditación y con
instructorandos.
Finalmente en Enero 2015 nació la idea de Ánima Yoga y en febrero el espacio físico abrió sus puertas. Y eran las puertas de nuestra casa además: de una nueva familia, Hernán y yo. Ahí fue cuando volví a escuchar en mi aquella consigna: “comparte tu práctica”. Y aunque no fuera tan claro al comienzo, ahora me doy cuenta de que fue mi eje de este año, sobre todo cuando el camino se hacía ancho y tenía que volver a buscar su/mi centro.
Comencé por compartir la práctica del cuerpo: el hata yoga nos invita a eso y es el camino que elegí. Al tener un espacio cómodo y dedicado a la práctica, comencé a retirarme ahí en todo momento lo necesitaba. Abría mi manta, practicaba, la volvía a enrollar, seguía con mis quehaceres. Luego llegó el momento que no la enrollé más: ahí está, siempre tendida, siempre pronta. Si hay un consejo que le doy a toda persona que quiera profundizar su yoga, es recortarse un rincón para practicar y establecer hábitos y rituales.
Comencé a practicar entonces en una dimensión nueva: largos ratos a solas, escuchando y sintiendo el cuerpo. Y cada asana cobraba un sentido nuevo en cada momento, me traía un viento nuevo para compartir con el grupo.
Luego llegó el invierno, el frío, la humedad. Muchas espaldas dolidas llegaban a la práctica, cuellos heridos. Comencé a ver en otros lo que me pasaba a mi: la cabeza que no para de procesar y entonces pesa sobre cuello y tronco; el pecho que se cierra, la respiración que se hace superficial, el peso sobre la espalda que crece… Y así a seguir con el ciclo de los días y de una vida muy enfocada en el trabajo de la mente.
Así fue que llegamos a la primera parte del trabajo del año: abrir el pecho, confiar, respirar. Es el pecho la clave para soltar el peso de elecciones que no nos hacen bien y nos alejan de nosotros mismos. Si lo pensamos lo podemos visualizar claramente: abro el pecho, llevo los hombros hacía atrás y la mochila que tengo en la espalda se va cayendo. Juntos lo fuimos practicando, visualizando el amor necesario para liberar el pecho y aliviar la espalda.
Todos fuimos principiantes en ese proceso: tanto yo como los practicantes, para la mayor parte de los cuales era el inicio del camino en yoga.
Luego comenzó a aparecer la entrega. Un día estando en Savasana durante la relajación final observé pies que no estaban relajados, piernas que no aflojaban, manos que no soltaban. Evidentemente el apoyo del piso no era suficiente para sentir que podíamos dejar de sostenernos, soltar el alerta constante en el que vivimos. Recordé ahí mis noches sin dormir hace un tiempo no tan lejano: algo similar había en la falta del entrega al sueño.
Sobre ese piso seguí observando y escuchando-nos. Y me salió la palabra: fe. Si siento el piso, si confío, si tengo fe que me va a sostener, entonces puedo dejar de apretar, puedo desactivar la trasmisión de instrucciones de la cabeza al tronco, del tronco a las piernas, de las piernas a los tobillos: entonces los pies caen a cada lado del cuerpo. Ahí vino la segunda parte de nuestro y de mi trabajo: comenzar a cultivar la decisión de confiar. Seguimos practicando entonces Savasana al final de cada practica todo el resto del año, como un momento para volver a ese apoyo: agradeciendo y dejando-nos sostener.
El trabajo entonces fue eso. Tener fe en que no estoy solo; confiar en que no debo resolverlo todo; darle lugar al ser: soltando las metas, los juicios, las opiniones. Sentirnos reconfortados por el apoyo sobre la manta/tierra, reconocer en la práctica el placer de ser sostenidos, para luego animarnos a buscar también afuera de la práctica (o de la práctica compartida) ese apoyo.
¿Dónde puedo encontrar un piso amoroso que me sostenga? Y de quién puedo ser piso yo a la vez? Esas eran las preguntas.
A medida que la espalda, la cadera, las piernas, se entregaban, también se expandía el pecho: abierto para dar y recibir. Si aprendo a reconocer el piso que me sostiene a su vez seré piso amoroso de otros.
Ahora entiendo que esta fue mi búsqueda central y la parte de camino
hecha en el año 2015: aprender a dejarme sostener. Por la práctica, por
mis seres queridos, por la vida finalmente.
Es verdad que no en todo momento tenemos a alguien de carne y huesos a nuestro lado. Pero siempre habrá alguien que nos pueda sostener: si sabemos mirar a nuestro lado y abrirnos al compartir. Y es esa fe que hace la diferencia entre sentirnos solo o acompañados.
Estando a pocos días de fin de año entonces, miro hacia atrás y veo el camino recorrido en conjunto. Y me emociona, me alegra y me hace feliz. Y se lo agradezco profundamente, porque son ustedes quienes han sostenido mi práctica: los practicantes, mi comunidad de Ananda, mi familia, mis amigos.
A todos y todas gracias por estar.
¡OM Shanti Paz!
Commenti
Posta un commento