<<Un hombre se acercó a Buda y sin mediar una sola palabra, le
escupió a la cara; provocando el enfurecimiento de los discípulos. El más
cercano, llamado Ananda, que había sido un guerrero, dirigiéndose a Buda, le requirió:
“Dame permiso, para que le dé a este hombre su merecido”. Buda, con total
serenidad, se limpió el rostro y dijo a Ananda: “No, yo hablaré con él”.
Uniendo sus manos en señal de reverencia, Buda le habló así al hombre:
“Muchas gracias, porque con tu actitud, he podido comprobar si podía la ira
invadirme, y no puede; te lo agradezco sinceramente”>>.
Siempre me ha dejado pensando este cuento y me ha
generado preguntas: ¿es posible -desde nuestra humanidad- llegar a no reaccionar
con ira antes situaciones parecidas? Y además: ¿es útil? ¿es justo? y ¿cómo podemos
transformar este mundo físico, si renunciamos a rebelarnos frente a los tratos
injustos que vemos alrededor nuestro?
Pero la vida se encarga de disolver las preguntas,
cuando nos demuestra que reaccionar ante la injusticia no es
garantía de poder incidir sobre la realidad. A veces el camino es otro.
Además, hay otro lado de la cuestión. Existe la realidad y luego existe la forma como la recibimos y reaccionamos a ella.
Además, hay otro lado de la cuestión. Existe la realidad y luego existe la forma como la recibimos y reaccionamos a ella.
“Como la gente te trate es su Karma -dice el sicólogo estadunidense Wyne Dyer- pero como tu reaccionas, es tu propio karma”.
En las relaciones siempre somos dos: dos universos,
dos historias de vida, dos caminos, a veces plagados de heridas y sufrimiento. ¿Podemos
ver al otro con compasión y abrir el camino al perdono, también cuando nos
produce dolor?
La ira cuando se va deja un espacio de libertad inconmensurable,
deja dulzura y paz. Es sólo abrir las manos, dejar partir y descansar en la
belleza de lo que la vida nos proporciona.
¡Om Shanti, Paz!

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